
Creo que, entre todos los géneros literarios, la poesía es el espacio por antonomasia del yo, por mucho que nos entretenga hablar de máscaras, de la invención de un personaje o de la ficcionalización del sujeto lírico. Podemos mentir en un poema, falsear o alterar en él nuestras percepciones, atribuir trascendencia a lo intrascendente, asumir identidades ilusorias y recrear anécdotas falsas con respecto a nuestra biografía. Por supuesto. Pero me temo que esa licencia no tiene nada de excepcional, porque también mentimos en la vida diaria, también en la vida diaria nos disfrazamos (a veces incluso de nosotros mismos), y ese recurso al disfraz y al embuste forma parte de una teatralización continua y necesaria para definir nuestra identidad, que es bifronte: somos también quienes no hemos sabido o podido ser, y los imposibles pesan lo mismo —y a veces más— que lo alcanzado. Toda conciencia es fantasiosa: baraja realidades y quimeras.
¿Espejismos? Sin duda, pero es posible que los espejismos sean piezas primordiales de la trama.
Felipe Benítez Reyes